Después de una vida muy racional, práctica y concreta, la curiosidad me fue abriendo puertas que no sabía que existían. Empecé a experimentar la vida con mucha más atención. Me volví muy sensible a detalles minúsculos que, por ahí, otros no ven.

La curiosidad también me llevó a pintar. Quise observar mi propio proceso creativo, desafiar al perfeccionismo y a la racionalidad para descubrir qué pasaba si creaba nuevos procesos mentales. ¿Qué más podía ser posible para mí si dejaba de limitarme por mis creencias y por todo aquello que supuestamente ya sabía?

Hoy, cuando pinto, tengo la sensación de entrar en un estado de profunda atención. Las ideas aparecen cuando no fuerzo, cuando no empujo, y llegan con una claridad tranquilizadora.

Es como si la creatividad fuera una conversación. Como si hubiera una inteligencia disponible y mi trabajo consistiera en aprender a escucharla. No sé si esa inteligencia vive dentro de nosotros, entre nosotros o en algún lugar al que solo accedemos de vez en cuando.

Tampoco necesito responder esa pregunta ahora mismo.

Me alcanza con seguir observando. Con seguir pintando. Con seguir experimentando.

Porque cada experiencia amplía un poco más mi manera de percibir el mundo. Y sospecho que vivir cada experiencia como una oportunidad de aprendizaje es una de las aventuras más fascinantes que puede experimentar un ser humano.